Una institución con 180 años de historia necesitaba un rebranding que honrara su legado sin parecer anticuado — el tipo de proyecto donde el mayor riesgo no es atreverse demasiado, es atreverse de menos por miedo a incomodar a la tradición. Este caso permanece bajo confidencialidad contractual; los detalles específicos del cliente no se divulgan públicamente.
La división visual de la marca en dos mitades — verde profundo y morado — representa la transición entre pasado y futuro sin borrar ninguno de los dos. El isotipo resultante necesitaba funcionar tanto en aplicaciones institucionales formales (informes, fachadas) como en piezas de campaña más dinámicas, lo que definió un sistema de reglas de uso más flexible de lo habitual para una marca de este porte.